La vida misma, en forma de mail y caradurez, le llevó mi blog al francés... y lo contestó.
Muy buenos días a todos.
Be happy.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
lunes, 16 de noviembre de 2009
El francés del tren
Hoy hablaba con un amigo y nuestra conversación derivó en una de las anécdotas más bizarras de mi vida, de esas dignas de ser contada en este espacio, de esas que sólo me pasan a mí.
Hace unos meses, en mi viaje al trabajo, me crucé a un guitarrista con onda en el tren. Los últimos dos que tocó me gustaron bastante, y empecé a buscar en mi cartera algo para darle antes de bajar. No hubo caso, no tenía cambio. Se lo dije cuando llegó a mí con su sombrero y él, que me había visto tratar sin mucho éxito acomodar mi cuello en señal de dolor, me ofreció masajes. "No, gracias", le dije. "¿Otro día, quizás?". De nuevo, "No, gracias".
Algo más me dijo antes de bajar, pero en el momento no escuché, y salí, se me hacía tarde.
Meses más tarde, llegaba a mi casa del trabajo casi a medianoche. La música llegaba a la calle. Pensé que eran el novio de mi prima (que festejaba su cumpleaños en mi casa) y su papá que estaban tocando. Cuando abrí la puerta del comedor, en un vistazo general me di cuenta de que no. El que cantaba me miró de reojo y siguió cantando, pero el que tocaba la guitarra, dejó de tocar. "¡Yo a esta chica la conozco!" Yo lo miré a él, toda mi familia me miró a mí, y después posaron sus ojos en él. No entendía nada. "Del tren, te conozco del tren", me explicó, y sí, tenía razón.
Carcajada general. Toda mi familia se reía y yo me ponía cada vez más colorada. A partir de ese momento, como era de esperarse, en lo poco que quedaba del show, hubo bastante chiste a partir de esta nueva situación que se había presentado. Me enteré que su parte del show ya había terminado, y que tocó una canción donde, supuestamente, hizo referencia a mí. La familia se reía y yo, cada vez más, me inhibía. Al final, el guitarrista en cuestión, a quien - me enteré en ese momento - llaman "el francés del tren", pegó tanta buena onda con mi familia, que terminó siendo invitado a quedarse después del show porque, ahora sí, iban a tocar el novio de mi prima y su padre.
En medio de todo eso, el francés me repitió lo que me había dicho antes de que me bajase del tren y no llegué a escuchar: "te dije que el destino nos iba a volver a cruzar", y hasta me reprochó no haberlo saludado una vez a la bajada de un subte: "¡casi me llevás por delante, te saludé y no me diste bola!". "No te vi", le expliqué, y era verdad. Hablamos un poco más en ese par de horas, no mucho porque, como dije, la familia me (nos) inhibía bastante, y se fue una foto más tarde.
Me enteré que algunos días después llamó a mi prima, quien lo había contratado, para pedirle mi celular. No se lo dio. Me lo tendría que haber pedido a mí.
Quizás me lo cruce algún día tocando la guitarra en el tren y, quizás, sin tanta familia en el medio, las cosas resulten distintas. Puede que no...
o que si...
Hace unos meses, en mi viaje al trabajo, me crucé a un guitarrista con onda en el tren. Los últimos dos que tocó me gustaron bastante, y empecé a buscar en mi cartera algo para darle antes de bajar. No hubo caso, no tenía cambio. Se lo dije cuando llegó a mí con su sombrero y él, que me había visto tratar sin mucho éxito acomodar mi cuello en señal de dolor, me ofreció masajes. "No, gracias", le dije. "¿Otro día, quizás?". De nuevo, "No, gracias".
Algo más me dijo antes de bajar, pero en el momento no escuché, y salí, se me hacía tarde.
Meses más tarde, llegaba a mi casa del trabajo casi a medianoche. La música llegaba a la calle. Pensé que eran el novio de mi prima (que festejaba su cumpleaños en mi casa) y su papá que estaban tocando. Cuando abrí la puerta del comedor, en un vistazo general me di cuenta de que no. El que cantaba me miró de reojo y siguió cantando, pero el que tocaba la guitarra, dejó de tocar. "¡Yo a esta chica la conozco!" Yo lo miré a él, toda mi familia me miró a mí, y después posaron sus ojos en él. No entendía nada. "Del tren, te conozco del tren", me explicó, y sí, tenía razón.
Carcajada general. Toda mi familia se reía y yo me ponía cada vez más colorada. A partir de ese momento, como era de esperarse, en lo poco que quedaba del show, hubo bastante chiste a partir de esta nueva situación que se había presentado. Me enteré que su parte del show ya había terminado, y que tocó una canción donde, supuestamente, hizo referencia a mí. La familia se reía y yo, cada vez más, me inhibía. Al final, el guitarrista en cuestión, a quien - me enteré en ese momento - llaman "el francés del tren", pegó tanta buena onda con mi familia, que terminó siendo invitado a quedarse después del show porque, ahora sí, iban a tocar el novio de mi prima y su padre.
En medio de todo eso, el francés me repitió lo que me había dicho antes de que me bajase del tren y no llegué a escuchar: "te dije que el destino nos iba a volver a cruzar", y hasta me reprochó no haberlo saludado una vez a la bajada de un subte: "¡casi me llevás por delante, te saludé y no me diste bola!". "No te vi", le expliqué, y era verdad. Hablamos un poco más en ese par de horas, no mucho porque, como dije, la familia me (nos) inhibía bastante, y se fue una foto más tarde.
Me enteré que algunos días después llamó a mi prima, quien lo había contratado, para pedirle mi celular. No se lo dio. Me lo tendría que haber pedido a mí.
Quizás me lo cruce algún día tocando la guitarra en el tren y, quizás, sin tanta familia en el medio, las cosas resulten distintas. Puede que no...
o que si...
jueves, 12 de noviembre de 2009
Mucho sol, mucha Luz.
Era un día alucinante en pleno invierno y yo tenía franco. Opté por ir al cine y aprovechar el sol invernal en las plazas de Recoleta. Salí de mi casa con sombra verde en los ojos y subí al eternamente lleno 37. Saludé al chofer y me senté en uno de los primeros asientos, el único libre.
"Cuando yo tenía tu edad, también me llevaba el mundo por delante", me dijo la señora sentada a mi lado (más tarde, me enteré que acababa de cumplir los 75). La miré intrigada. "No cambies nunca, sino cuando llegues a mi edad vas a ser una vieja chota", siguió. Me reí con ganas, no es muy común ese tipo de expresiones en una abuela. Le aseguré que no estaba en mis planes convertirme en eso, y que esperaba sinceramente seguir siendo quien soy, "además, es un día increíble, no se puede estar de otra manera", le expliqué, y me contestó que "el día increíble" lo tenía yo adentro. "Tenés mucho sol", concluyó.
Así empezó la charla. Hablamos bastante y de todo un poco. Me contó de la fiesta sorpresa que le hicieron para su cumpleaños, de sus nietos (una de ellas futura diseñadora de imagen y sonido), de su marido ("un viejo choto y cascarrabias"), de sus ideas antifanáticos y su filosofía de vida. Por mi parte, le conté de mi trabajo, de mi estudio, un poco de mi familia, de mi día a día. Me preguntó mi nombre. "Luz", le dije. "Ah! Especial, MUY especial!" Me contó una historia sobre alguien con un nombre parecido al mío y decidió que conocerme a mí ese día iba a ser algo importante en su vida.
-"¿Cúando cumplís los años?"
-"Este sábado"
Casi salta de su asiento. Miró su bolsita y, por un segundo, pensé que estaba a punto de darme las masitas finas que compró para la merienda con sus nietos. "Ay, no tengo nada para darte!", se lamentó; le aseguré que no hacía falta, me reí bastante. Me miró una vez más y se le iluminó la cara: "¡ya sé!". No atendió a mis negativas y abrió su cartera, sacó una bolsita de papel y me adelantó: "las traje de Luján para mis alumnas, están bendecidas". Me dio una estampita y me pidió que la cuide. La guardé en mi billetera en ese mismo instante.
Me dio dos besos antes de bajarse, uno en cada mejilla, me pidió que me cuide y asentí con la cabeza. Le deseé suerte. "No cambies nunca", repitió antes de bajar. Sonreí.
Una cuadra más adelante: "Parada, por favor", le dije al conductor, y mientras llegábamos a la siguiente esquina me dijo mirándome por uno de sus tantos espejos: "sos una chica muy simpática... y muy linda". Agradecí, sonriendo una vez más, y me bajé.
La imagen es de Alex Grey, se me vino automáticamente a la cabeza mientras empecé a escribir y preferí compartir esa imagen en mi cabeza con ustedes, aún aunque no fuese mía.
"Cuando yo tenía tu edad, también me llevaba el mundo por delante", me dijo la señora sentada a mi lado (más tarde, me enteré que acababa de cumplir los 75). La miré intrigada. "No cambies nunca, sino cuando llegues a mi edad vas a ser una vieja chota", siguió. Me reí con ganas, no es muy común ese tipo de expresiones en una abuela. Le aseguré que no estaba en mis planes convertirme en eso, y que esperaba sinceramente seguir siendo quien soy, "además, es un día increíble, no se puede estar de otra manera", le expliqué, y me contestó que "el día increíble" lo tenía yo adentro. "Tenés mucho sol", concluyó.
Así empezó la charla. Hablamos bastante y de todo un poco. Me contó de la fiesta sorpresa que le hicieron para su cumpleaños, de sus nietos (una de ellas futura diseñadora de imagen y sonido), de su marido ("un viejo choto y cascarrabias"), de sus ideas antifanáticos y su filosofía de vida. Por mi parte, le conté de mi trabajo, de mi estudio, un poco de mi familia, de mi día a día. Me preguntó mi nombre. "Luz", le dije. "Ah! Especial, MUY especial!" Me contó una historia sobre alguien con un nombre parecido al mío y decidió que conocerme a mí ese día iba a ser algo importante en su vida.
-"¿Cúando cumplís los años?"
-"Este sábado"
Casi salta de su asiento. Miró su bolsita y, por un segundo, pensé que estaba a punto de darme las masitas finas que compró para la merienda con sus nietos. "Ay, no tengo nada para darte!", se lamentó; le aseguré que no hacía falta, me reí bastante. Me miró una vez más y se le iluminó la cara: "¡ya sé!". No atendió a mis negativas y abrió su cartera, sacó una bolsita de papel y me adelantó: "las traje de Luján para mis alumnas, están bendecidas". Me dio una estampita y me pidió que la cuide. La guardé en mi billetera en ese mismo instante.
Me dio dos besos antes de bajarse, uno en cada mejilla, me pidió que me cuide y asentí con la cabeza. Le deseé suerte. "No cambies nunca", repitió antes de bajar. Sonreí.
Una cuadra más adelante: "Parada, por favor", le dije al conductor, y mientras llegábamos a la siguiente esquina me dijo mirándome por uno de sus tantos espejos: "sos una chica muy simpática... y muy linda". Agradecí, sonriendo una vez más, y me bajé.
La imagen es de Alex Grey, se me vino automáticamente a la cabeza mientras empecé a escribir y preferí compartir esa imagen en mi cabeza con ustedes, aún aunque no fuese mía.
martes, 10 de noviembre de 2009
¿Será él? II
Sé que no es la mejor idea salir de compras con un hombre, sobre todo si no sabemos qué es lo que estamos buscando (traducción: inevitablemente voy a tardar -bastante- en elegir). La verdad es que necesitaba con urgencia sandalias para trabajar, a la vez, era el único día en la semana en que podía verlo. Una vez dejado en claro que iba a ser lento y doloroso, y aún así habiendo recibido una respuesta afirmativa de su parte, empezó el recorrido.
Caminamos ida y vuelta por Santa Fe, dimos una ojeada a los negocios del shopping y todo lo hicimos únicamente para terminar en la zapatería cuya vidriera miro cada día camino al trabajo y prácticamente sé de memoria.
Probé dos modelos. Descarté un par, pedí el compañero del casi-elegido y mientras enrollaba la pulsera de cuero a mi tobillo, el vendedor empezó a hablar: "vos trabajás en...". Yo terminé su frase. Terminé con el asunto del zapato y reaccioné. "¿Vos cómo sabés?" Me contestó que pasó por el local con una amiga hace algún tiempo y los atendí yo. En el momento le creí, pero...
Más tarde, tratando de hacer memoria y recordar por qué motivo él me recordaba a mí y yo no a él (generalmente, si una persona recuerda a su vendedor es porque se tomó bastante tiempo; a su vez, si alguien se demora bastante tiempo conmigo, generalmente, lo recuerdo), apareció en mi cabeza el chico de los libros.
Así, se disparó en mi cabeza una serie de incógnitas, hipótesis y más incógnitas:
- Si era él y yo no le había resultado interesante en primera instancia, ¿por qué dejarme en claro que me recordaba?
- ¿"Fui con una amiga"? ¿Me está diciendo que no tiene pareja o me está diciendo que es gay?
- El día de los libros no se me cruzó por la cabeza la remota idea de que fuese gay. Todavía no lo parece.
Entonces, decidí volver. Uno de estos días me daré una vuelta por el local y trataré de juntar más datos, porque todavía me pregunto ¿será él?
Caminamos ida y vuelta por Santa Fe, dimos una ojeada a los negocios del shopping y todo lo hicimos únicamente para terminar en la zapatería cuya vidriera miro cada día camino al trabajo y prácticamente sé de memoria.
Probé dos modelos. Descarté un par, pedí el compañero del casi-elegido y mientras enrollaba la pulsera de cuero a mi tobillo, el vendedor empezó a hablar: "vos trabajás en...". Yo terminé su frase. Terminé con el asunto del zapato y reaccioné. "¿Vos cómo sabés?" Me contestó que pasó por el local con una amiga hace algún tiempo y los atendí yo. En el momento le creí, pero...
Más tarde, tratando de hacer memoria y recordar por qué motivo él me recordaba a mí y yo no a él (generalmente, si una persona recuerda a su vendedor es porque se tomó bastante tiempo; a su vez, si alguien se demora bastante tiempo conmigo, generalmente, lo recuerdo), apareció en mi cabeza el chico de los libros.
Así, se disparó en mi cabeza una serie de incógnitas, hipótesis y más incógnitas:
- Si era él y yo no le había resultado interesante en primera instancia, ¿por qué dejarme en claro que me recordaba?
- ¿"Fui con una amiga"? ¿Me está diciendo que no tiene pareja o me está diciendo que es gay?
- El día de los libros no se me cruzó por la cabeza la remota idea de que fuese gay. Todavía no lo parece.
Entonces, decidí volver. Uno de estos días me daré una vuelta por el local y trataré de juntar más datos, porque todavía me pregunto ¿será él?
lunes, 9 de noviembre de 2009
¿Será él?
Me parece que encontré al chico de los libros... más bien, que él me (re)encontró a mí, pero para que puedan entender esta cuestión tengo que empezar a contarles las cosas desde el principio.
Hace cinco meses ya que estoy soltera. En el primer período de soltería, ocupé gran parte de mi tiempo en retomar la lectura: desde Nietzsche, hasta Jane Austen, pasando incluso por la saga de Crepúsculo para entender por qué mi prima y mi hermana habían empezado a comportarse nuevamente como adolescentes fanáticas, después de tantos años. Leía en cada minuto libre que tenía, básicamente para mantenerme ocupada. Leía antes de dormir, mientras viajaba, y hasta sentada en el piso de los pasillos técnicos en los quince minutos de break que tengo en el trabajo.
Esa tarde seguía intentando - sin éxito - compenetrarme con The Host, sentada en el piso del pasillo técnico más cercano al local donde trabajo, cuando alguien me habló: ¿qué leés?. Giré la cabeza con la intención de encontrarme con alguno de los chicos del bar que está frente al local, pero, en cambio, me encontré con un terrible bombón sentado en cuclillas a mi lado. Tardé unos segundos en reaccionar, y sin poder hablar siquiera, giré el libro hacia él para que pudiese leer el título.
"Ah! es de la que escribió esta saga de los vampiros, ¿no?", me dijo. Así empezamos a hablar de libros, de estudio, de trabajo... ¡TRABAJO! Miré la hora. "Uff... se me hizo tarde, tengo que entrar al local". "Te me escapás!", me acusó erróneamente - si hubiese sido por mí, me quedaba hablando con él toda la tarde -. "no me escapo, pero ya estoy llegando tarde", le expliqué, mientras caminábamos por el shopping, y acá vino la peor parte:
"Bueno, un gusto, Luz", me dijo haciendo una reverencia con la mano. "Igualmente", le dije haciendo(le) ojitos. Y empezamos a caminar, cada uno para nuestros respectivos lados. Para cuando llegué al local y miré a través del vidrio, él ya había quedado fuera de mi campo visual, y mientras me preguntaba por que ni siquiera me pidió un fucking mail, o si pasaría alguna vez por la puerta del local, o si yo había flasheado cualquiera y no le interesé ni un poco, le dije a mis compañeras de laburo: Chicas, acabo de enamorarme.
Nos reimos las tres, yo a medias, y una vez más pensé que cosas así me pasan sólo a mí.
Hace cinco meses ya que estoy soltera. En el primer período de soltería, ocupé gran parte de mi tiempo en retomar la lectura: desde Nietzsche, hasta Jane Austen, pasando incluso por la saga de Crepúsculo para entender por qué mi prima y mi hermana habían empezado a comportarse nuevamente como adolescentes fanáticas, después de tantos años. Leía en cada minuto libre que tenía, básicamente para mantenerme ocupada. Leía antes de dormir, mientras viajaba, y hasta sentada en el piso de los pasillos técnicos en los quince minutos de break que tengo en el trabajo.
Esa tarde seguía intentando - sin éxito - compenetrarme con The Host, sentada en el piso del pasillo técnico más cercano al local donde trabajo, cuando alguien me habló: ¿qué leés?. Giré la cabeza con la intención de encontrarme con alguno de los chicos del bar que está frente al local, pero, en cambio, me encontré con un terrible bombón sentado en cuclillas a mi lado. Tardé unos segundos en reaccionar, y sin poder hablar siquiera, giré el libro hacia él para que pudiese leer el título.
"Ah! es de la que escribió esta saga de los vampiros, ¿no?", me dijo. Así empezamos a hablar de libros, de estudio, de trabajo... ¡TRABAJO! Miré la hora. "Uff... se me hizo tarde, tengo que entrar al local". "Te me escapás!", me acusó erróneamente - si hubiese sido por mí, me quedaba hablando con él toda la tarde -. "no me escapo, pero ya estoy llegando tarde", le expliqué, mientras caminábamos por el shopping, y acá vino la peor parte:
"Bueno, un gusto, Luz", me dijo haciendo una reverencia con la mano. "Igualmente", le dije haciendo(le) ojitos. Y empezamos a caminar, cada uno para nuestros respectivos lados. Para cuando llegué al local y miré a través del vidrio, él ya había quedado fuera de mi campo visual, y mientras me preguntaba por que ni siquiera me pidió un fucking mail, o si pasaría alguna vez por la puerta del local, o si yo había flasheado cualquiera y no le interesé ni un poco, le dije a mis compañeras de laburo: Chicas, acabo de enamorarme.
Nos reimos las tres, yo a medias, y una vez más pensé que cosas así me pasan sólo a mí.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Tres años atrás...
Después de una hora sentada en el Semi-rápido hasta Retiro, bajé y me sumé a una larga cola para subir a un nuevo colectivo, destino Ciudad Universitaria. Freaks por doquier, incluída yo -obviamente-, incluído él, a quien miré por primera vez después de sentir la insistencia de su mirada. El pequeño vistazo fue suficiente para entender todo: él era punk, y yo... yo una freak que suele llamar la atención.
Subimos al colectivo y se paró a mi lado. Claramente el chico en cuestión no sabía de proxemia ni de espacio personal o, en su defecto, no le importaba ni un poco la posibilidad de que su excesiva cercanía me resultara un tanto... incómoda, digamos, así que me giré hacia el otro costado del pasillo. Él giró hacia mi desde su posición y así, atravesado como estaba en medio del pasillo del colectivo, empezó a cantar, a cantarme. No recuerdo la melodía, no la conocí en el momento tampoco y, de hecho, creo que estaba improvisando. Sólo dos frases recuerdo de aquella canción que duró desde Retiro hasta Costa Salguero: "princesa de cristal" y "cartonera de corazones".
Morí de ternura.
Con las mejillas encendidas (era imposible ignorar que todos los pasajeros del colectivo nos miraban), le regalé la sonrisa más grande que pude, pero bajé la vista, no pude mirarlo. Todavía tenía pánico escénico al ser protagonista en ese tipo de historias. Por suerte ya lo superé...
...y así empezó todo.
Subimos al colectivo y se paró a mi lado. Claramente el chico en cuestión no sabía de proxemia ni de espacio personal o, en su defecto, no le importaba ni un poco la posibilidad de que su excesiva cercanía me resultara un tanto... incómoda, digamos, así que me giré hacia el otro costado del pasillo. Él giró hacia mi desde su posición y así, atravesado como estaba en medio del pasillo del colectivo, empezó a cantar, a cantarme. No recuerdo la melodía, no la conocí en el momento tampoco y, de hecho, creo que estaba improvisando. Sólo dos frases recuerdo de aquella canción que duró desde Retiro hasta Costa Salguero: "princesa de cristal" y "cartonera de corazones".
Morí de ternura.
Con las mejillas encendidas (era imposible ignorar que todos los pasajeros del colectivo nos miraban), le regalé la sonrisa más grande que pude, pero bajé la vista, no pude mirarlo. Todavía tenía pánico escénico al ser protagonista en ese tipo de historias. Por suerte ya lo superé...
...y así empezó todo.
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